LIBERTAD RESPONSABLE

San Agustín: voluntad y libertad

Así pues, cogí avidísimamente las venerables Escrituras de tu Espíritu, y con preferencia a todos, al apóstol Pablo. Y perecieron todas aquellas cuestiones en las cuales me pareció algún tiempo que se contradecía a sí mismo y que el texto de sus discursos no concordaba con los testimonios de la Ley y de los Profetas, y apareció un o a mis ojos el rostro de los castos oráculos y aprendí a alegrarme con temblor.
 
Y comprendí y hallé que todo cuanto de verdadero había yo leído allí, se decía aquí realzado con tu gracia, para que el que ve no se gloríe, como si no hubiese recibido, no ya de lo que ve, sino también del poder ver—pues ¿qué tiene que no lo haya recibido?—; y para que sea no sólo exhortado a que te vea, a ti, que eres siempre el mismo, sino también sanado, para que te retenga; y que el que no puede ver de lejos camine, sin embargo, por la senda por la que llegue, y te vea, y te posea.
 
Porque aunque el hombre se deleite con la ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará de aquella otra ley que lucha en sus miembros contra la ley de su mente, y que le lleva cautivo bajo la ley del pecado, que existe en sus miembros? Porque tú eres justo, Señor, y nosotros, en cambio, hemos pecado, hemos obrado inicuamente; nos hemos portado con impiedad, y tu mano se ha hecho pesada sobre nosotros, y justamente hemos sido entregados al pecador de antiguo, prepósito de la muerte, porque persuadió a nuestra voluntad de que se asemejara a la suya, que no quiso persistir en tu verdad.(San Agustín. Las confesiones, Libro VII, Cap. XXI, 27)
  
El ser humano contemporáneo desdeña la Verdad, porque ha aprendido que la Verdad limita su libertad. Pero ¿Es esto posible? ¿La Verdad nos limita o nos potencia?
 
Depende de a que llamemos libertad. Si decimos que el sordo es más libre que el que oye, ya que puede ponerse la música que quiera sin que esto le afecte, entenderemos el concepto de libertad contemporáneo. Por esta razón el que no tiene oídos para oír, se considera libre. El que oye, entiende y decide frente a lo que conoce, resulta ser una persona esclava de su conocimiento y sentido.
 
El pecador de antiguo, como llama San Agustín al diablo,  nos persuade de seguir su voluntad y lo hace embotando nuestra percepción y nuestro entendimiento. Sólo de esa forma podemos seguirlo sin darnos cuenta del engaño. Si nuestra voluntad fuese realmente libre, se uniría a la voluntad de Dios.